Los individuos generan kilos de basura diaria (en unos hemisferios más que en otros). Es así. Hay algunos que incluso se aventuran a asegurar que también la consumimos en forma de horas. Peut être. Mediante varios canales nos rodean y bombardean diariamente con morbosas dosis de sexo, violencia, sadismo y cursilería. A esto han decidido llamarlo trash culture, expresión que han traducido al español hasta cultura basura. En el espacio que me ocupa me referiré a este fenómeno con ese nombre, que le han inculcado más o menos desafortunadamente, aunque pongo en seria duda que sea el nombre que merezca. Así que, con la intención de buscar algunas explicaciones lógicas dentro de la nube confusa que representa el actual panorama cultural, indagaré en ese término y en el fenómeno que representa.
Una espeleología del gusto
Jordi Costa, un escritor y periodista poco común, fue el comisario de una exposición en el CCCB: Cultura basura. Una Espeleología del gusto. Algo así como un recorrido poco usual de algunos viajes por la historia no oficial del arte. Un conjunto de interpretaciones paralelas, que como el nombre de la muestra indica, estudian la naturaleza, el origen y la formación de las cavernas del gusto. Un ejemplo de estas interpretaciones es: el arte de Ed Wood la que reivindicó años después de su muerte Tim Burton: el arte de Ed Wood, el considerado por algunos peor director de la historia. Precisamente con ese argumento definen la cultura basura los responsables de la exposición: “una cosa atroz que fascina”. Aunque saben que no es nuevo. Por eso la exposición empezaba con los freakshows de gran éxito desde segunda mitad del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Costa reivindica, como en sus libros Mondo Bulldog y Vida Mostrenca, tanto la necesidad de “romper prejuicios” como la de “reconocer la fascinación” que estas obras producen. Algo que ha suscitado cierta melancolía romántica en algunos autores, como es el caso de Fermín Bouza. Normal, si queremos creer una frase que nos dejó Risto Mejide (un personaje muy polémico en un programa muy basura) en una entrevista con Andreu Buenafuente: “Si dices algo, molestarás a alguien. O dicho de otra forma, si no molestas a nadie, será que no has dicho nada”.
Sociología de la basura
Fermín Bouza, sociólogo y catedrático de Opinión Pública, afirma en Cultura y gusto al inicio del siglo XXI: sociología de la basura, que:
“La que normalmente se hace llamar cultura basura está muy lejos de tal cosa: es una sofisticada reelaboración de la auténtica cultura basura (que no existe porque no tiene quien la nombre o asuma: lo peor de lo peor) para integrarla en un sistema de interpretaciones y elaboraciones que la encuadran en un movimiento cultural más bien culto e incluso sofisticado”
Y añade al final de la reflexión una confesión personal que nos indica por dónde va su línea de pensamiento:
“En todo caso, debo confesar que me siento incómodo en esta situación, en esta basura, en este juego, y que añoro una cierta vuelta al pensamiento, al juego culto, a otra idea del mundo y de la vida. Pero esto es ya una mera confesión personal”
Lo que nos cuenta, a grosso modo, es que durante el último siglo se ha ido consolidando un proceso que favorece la búsqueda de algo perdido, que los medios y el sistema capitalista explotan con la cultura basura. Supliendo el vacío contando cuentos y suministrando las adictivas dosis morbosas de las que antes hablaba. Que son, en conclusión, los instrumentos comerciales de nuestro sistema actual; regido por la ley de la oferta y la demanda. Otra manera de enfocarlo muy distinta a la de Jordi Costa, cuando nos intenta vender el fetichismo de los productos resultantes de las pruebas de esos instrumentos. Sin duda, dos caras de la misma moneda. Lo llamado cultura basura visto desde la melancolía frankfurtiana o desde la perversión del gusto de las más nuevas generaciones. Dos visiones que esconden el eterno debate entre la cultura y el arte.
Antes hay que merecerlo
Sistemáticamente, en cuanto intentamos hablar de cultura nos topamos con la dificultad de acotar el término, en gran parte por lo subjetivo de este. Teniendo presente tal fantasma, que nos seguirá persiguiendo por mucho tiempo, estableceré algunos límites. La cultura debe permitir desarrollar un juicio crítico, debe aportar conocimientos y debe tener una voluntad de transmisión o un sentido. Tiene que aportar algo. Reflexión, enseñanza y significado. Debe ganarse ser arte, debe merecérselo...independientemente de la calidad y del medio o formato (muy a pesar de algunos). La palabra “basura” usada de forma coloquial detrás de cualquier sustantivo se usa para indicar que es de baja calidad. Se pone, entonces, a la cultura basura por debajo de todas las posibles culturas habidas y por haber. ¿Cuántas culturas hay? Da igual, la cultura basura es la más baja. ¿De verdad está alguien capacitado para poner algo por encima de todo lo demás? O lo que es lo mismo: ¿De verdad está alguien capacitado para poner algo por debajo de todo lo demás? (Mi pregunta se aleja mucho de cualquier teología. Me restrinjo a lo tangible). Y aquí es cuando se mezclan dos errores que se han ido repitiendo insisentemente.
Los cuentos que les gusta contarnos y los cuentos que nos gusta creernos
El primer error reside ya en la propia estructura que usamos. La cultura no debería estancarse en una pirámide, ni en un bloque, ni en ningún polígono estamental. Está muy por encima de eso. Dudo que en un espacio tan corto pueda definirse la forma en la que debemos concebirla, pero es seguro que así no. Aprovecharé, ya de paso, para desmentir un sub-problema que se desencadena de este. La cultura de masas ha favorecido el incremento de basura. Lo que vendría a ser: Cuanto más, peor ; y cuanto menos, mejor. No se puede echar la culpa a la masa. Dijo Dwight McDonald (refiriéndose al gran crecimiento de lectores en Gran Bretaña entre el 1700 y el 1800) que:
“Este incremento cuantitativo no se puede traducir de ninguna manera en una mejora significativa de la cualidad literaria”
Es cierto, y funciona también aplicado a los demás campos. Con la mayor difusión no se justifica ninguna mejora de los contenidos. Pero tampoco al contrario. Es decir, que si hay una “decadencia” de los contenidos tampoco tiene porque deberse a esta mayor difusión. Por el simple carácter subjetivo de los juicios que se usan para hablar de los contenidos. No se puede pretender implantar una forma de cultura. Cada uno tiene la suya. Sí es importante que todos tengan acceso a todo. Ahí es donde radica la verdadera libertad del individuo. Dadle un libro y luego que elija.
Laacumulación de los fast-thinkers y las altas cotas de la miseria
El segundo error, seguramente, radica en querer vestir de cultura cosas que no pueden disfrazarse. No tenemos la obligación de llamarlo así. Como Pierre Bourdieu definía en Sobre la televisión, los medios tienen los llamados fast-thinkers, que siemplemente tienen un rol. Juegan a tener ese rol. Piensan rápidamente un fast-food (without digestion) y lo mastican para la enorme masa. No se necesitan decir grandes cosas, ni siquiera es necesario informar o transmitir unos valores. Aquí manda el audímetro, no la moral. Y aquí se destapa un secreto. La televisión tiene algo que contarnos... a menudo, finge. Así es. Darse cuenta es algo parecido a descubrir los secretos de los Reyes Magos, la democracia, el Ratoncito Pérez o la ONU. Consumimos productos, no realidades. Así que debemos dejar de analizarlos como si fueran tal cosa. No todo es televisión, es obvio. Pero este fenómeno trasciende mucho más allá de esta. Y a mi juicio, en este marco la cultura basura no cabe en la cultura. Nada tiene que ver lo que acepto como cultura con el lenguaje políticamente correcto, ni con el respeto a los valores, ni con la formación didáctica. Simplemente, es otro cuento. Se merece otro calificativo. Me niego a colocar en lo más bajo de la cultura tal heterogeneidad de conceptos, cuando podrían englobarse en otra expresión.
El síndrome de Estocolmo
Vivimos, entonces, sea o no sea cultura e independientemente de donde se sitúe, atados a cierta basura casi hasta llegar al Síndrome de Estocolmo. ¿Parece enfermizo, no? Que mal suena. Que despectivo. Venerando día tras día aquello que nos perjudica, que nos equipara a las ovejas... En verdad no es tan grave. Si llamamos a las cosas por su nombre, o las llamamos como se nos antoje pero siendo conscientes de lo que verdaderamente son...Si además, le sumaramos el supuesto de que consumiésemos los productos teniendo en cuenta el marco en el que se encuentran...Si además fuésemos capaces de discernir con nuestro propio juicio crítico lo que a nosotros nos hace reflexionar, nos enseña y nos transmite significado, sin tener que colocarlo en un estante o en otro... entonces ahí sí seríamos capaces de caminar libremente. Desde ahí sí podemos apreciar la maldad del sujeto y del mundo, y la perversión del juego del sistema del que habla Fermín Bouza; y a su vez podremos deshacernos de los prejuicios y ser fascinados con lo más inesperado, tal y como apunta Jordi Costa.